Carta a la Sra. Merkel de un antiguo emigrante español

, de Félix de la Fuente Pascual

Carta a la Sra. Merkel de un antiguo emigrante español
Ángela Merkel en un acto de campaña. Fuente: Flickr.

Me dirijo a usted en calidad de ciudadano de la Unión Europea ya que es miembro del Consejo Europeo, institución que según el Tratado de la Unión “dará a la Unión los impulsos necesarios para su desarrollo” y que, lamentablemente, en el momento actual está siendo percibida por la ciudadanía no como la locomotora sino como el remolque de la Unión, incluso como el freno.

El proyecto de integración europea está en grave deterioro e incluso en peligro de derrumbamiento. El Consejo Europeo y usted, como jefa de gobierno del país más poblado y económicamente más fuerte de la Unión, tienen una gran oportunidad, pero también una gran responsabilidad de contribuir a la solución de este actual desafío.

Usted puede pasar a la historia como la canciller que quiso salvar a Alemania en un momento de crisis, pero también como la persona que dejó caer el proyecto más ilusionante de toda la historia de Europa y del que se sentían orgullosos todos sus antecesores: el hermanamiento pacífico y voluntario de millones de ciudadanos europeos, provocando también de esta forma la caída de Alemania; porque salvar el proyecto europeo es salvar también a Alemania.

Pero hay otra razón más importante aún por la que me dirijo a usted, y seguro que muchos alemanes la apoyarán. Son los miles -o cientos de miles-de ciudadanos europeos que pueden morir por la falta de decisión del Consejo Europeo y que podrían haberse salvado con un poco de solidaridad. No se trata de italianos, o de españoles o portugueses… Se trata de personas. La vida humana no tiene nacionalidad. Yo no le estoy diciendo que la solución tenga que ser los eurobonos, pero sí que es necesaria una decisión solidaria y valiente.

Si la Alemania que usted dirige no asume con decisión el rol director que en este momento le toca jugar, no sólo pone en peligro la supervivencia de la Unión sino, sobre todo, la vida de muchos ciudadanos europeos, a los que sus respectivos gobiernos, a pesar de sus esfuerzos, no pueden salvar en estos momentos. Si Alemania no desempeña con valentía el papel que debe jugar se arriesga a perderle en cualquier momento, pues hay otras potencias mundiales que están mostrando más solidaridad que la misma Unión; China, Rusia y Estados Unidos están esperando la oportunidad Sra. Merkel, conozco su país y hablo su idioma. Hace ya muchos años que estuve trabajando en Alemania. Se maravillaría usted de la amistad y de la colaboración que existía ya entonces entre los emigrantes españoles y la ciudadanía y los organismos alemanes. Como ejemplo, uno entre muchos, le puedo decir que el entonces responsable de las cuestiones de migración en el Senado de Berlín jugaba como uno más dentro de nuestro equipo de fútbol “Hispania Berlín”, equipo que habíamos formado los pocos españoles que había entonces en Berlín. Esta persona se llamaba Österreich, y tras morir por un infarto de miocardio, en el acto de su entierro la mayoría delos asistentes éramos españoles. Esto ocurría hace ya 55 años. El daño que usted, por falta de valentía, podría hacer a esta amistad y colaboración entre los ciudadanos europeos podría ser enorme.

En estos momentos hay camioneros alemanes que arriesgan su vida para traer a España productos y medios de vida que nosotros no producimos. Pero a día de hoy también hay muchos camioneros españoles cruzando los Pirineos hacia Francia, Holanda y Alemania, arriesgándose al contagio para llevar la fruta, verdura y productos mediterráneos a los ciudadanos europeos del Norte. Camioneros que se suman al ejército de personas que en estos días están haciendo posible que la mayoría de las personas de Europa se queden en casa para no exponerse al coronavirus.

La unión que existe entre los ciudadanos europeos corre caminos distintos a los de las Instituciones Europeas, pero es mucho más auténtica y solidaria que la del Consejo Europeo. ¿Es usted consciente de los miles de matrimonios mixtos entre españoles y alemanes, así como entre alemanes y otros ciudadanos de la Unión? ¿Sabe usted cómo reaccionarían los millones de alemanes que tienen alguna relación con España, o con los países del Sur, si por falta de solidaridad tuvieran que morir muchos amigos suyos del Sur? No es una limosna lo que estamos pidiendo. No son los gobiernos -ni el español, ni el italiano ni el portugués-los que están solicitando ayuda. Son los ciudadanos italianos, portugueses, españoles y de otros países de la Unión. ¿Es que acaso no somos solidarios los españoles? ¿Cuántos cientos de enfermeras españolas están cuidando a ciudadanos alemanes? ¿Cuántos universitarios españoles están trabajando como especialistas para la industria alemana? Se trata de personas cualificadas que también necesitaríamos en España y cuyos estudios hemos pagado en gran parte los ciudadanos españoles. ¿Acaso hemos pedido a Alemania que nos compense esos costes? La solidaridad entre los ciudadanos de la Unión va muy por delante de la solidaridad de los gobiernos. No es la UE ni somos los ciudadanos europeos los que están fallando; son los gobiernos nacionales los que están defraudando. Los que están fallando son unos políticos que actualmente no merecen llamarse ni Consejo Europeo ni Institución Europea.

Los ciudadanos europeos estamos pidiendo el cumplimiento del Tratado de la Unión, que en su artículo primero pide una “unión cada vez más estrecha entre los pueblos de Europa”. Sólo unidos podremos superar los egoísmos nacionales y los nacionalismos que estamos dejando campar a sus anchas, sólo una Europa unida podrá corregir también los defectos que lastran aún nuestras democracias. Hace ya 97 años -demasiado tiempo- que Koudenhove-Kalergi, en su libro Pan Europa, escribió estas palabras: “¿Puede Europa, con su división política y económica, garantizar su paz y su independencia frente a las potencias mundiales extraeuropeas emergentes o está forzada a organizarse en una federación de Estados para salvar su existencia? El tiempo apremia. Mañana podría ser quizás demasiado tarde”

Como despedida, quiero recordarle las palabras de Ernst Bloch: “Somos sólo nosotros los jardineros del árbol misterioso que ha de crecer”. En Europa, ese árbol misterioso que ha de crecer es el árbol de la solidaridad y de la unidad política, bajo cuya sombra protectora ningún europeo se sienta extraño.

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